lunes, 25 de agosto de 2014
domingo, 22 de junio de 2014
SAÚL PÉREZ GADEA
EL OJO DE LA TEMPESTAD
SAÚL PÉREZ GADEA representa
un caso singular en la literatura uruguaya. Es que a partir de la
aparición de Homo-Ciudad, editado cuando el poeta tenía sólo
18 años de
edad (y a decir verdad, apenas esbozo
de la calidad que alcanzaría), su
discurso intenso
e incisivo, sin espacio para las concesiones, evidenció
un temperamento excepcional en nuestras letras,
que le acreditó elogios
de Gerardo Diego, Ramón Gómez de la Serna, Jesualdo Sosa, Alberto Zum
Felde, Líber Falco y Juan Carlos Onetti, entre otros.
Sin embargo, el
obstinado silencio a que se ha condenado su obra ejemplifica de manera
evidente lo que sostuviera alguna vez Carlos Real de Azúa:
"En nuestra
literatura, como en nuestra historia política, parece haber sido
inevitable la inclinación por los arreglos y la dilución de todo
concentrado
medianamente agresivo".
EL OJO DE LA TEMPESTAD, en lo que constituye el acontecimiento editorial más relevante de la poesía uruguaya en mucho tiempo, reúne la trayectoria (inédita en su mayor parte hasta el presente) de quien se revela como uno de los más extraordinarios poetas que ha dado nuestro país. A través de la misma, Pérez Gadea nos presenta su aguzada visión del mundo mediante una exposición de carácter fantástico, internándose sin resquemores en los territorios prohibidos del “sí mismo”, y el lenguaje, moneda gastada de la incomunicación, es recuperado y apropiado para recobrar así su perdida plenitud expresiva.
sábado, 21 de junio de 2014
viernes, 20 de junio de 2014
Cuando yo nací, Helena
Cuando yo nací, Helena,
los poetas de París
se ahorcaban mirándote a
los ojos.
Cuando yo crecí, Helena,
tú te encerraste en una
casa grande
con un marchito ramo
y un polvoriento ajuar.
Y sonaron a tumba tus
paseos
por los corredores
solitarios.
Cuando yo fui hombre,
Helena,
ya eras sólo un gris
daguerrotipo
que plumereaba la mucama
albina.
Cuando yo sea viejo,
Helena,
y oficie de rector
y tenga gafas
y mueva en tics senil
mi calavera,
cuando tu mundo, Helena,
sea una muestra
del museo de cosas
insensibles,
como los abanicos y las
modas
y las hojas del libro de
retratos,
junto a las cartas de amor
y los periódicos
y las verjas que huyeron
del verano.
Cuando yo haya muerto,
Helena,
y silben trenes mucho más
veloces
y amontonen casa sobre casa
y se cubran de máquinas las
selvas
y se apaguen los últimos
jardines
y el dios de los veranos
haya muerto.
Y muerto el Dios
no existen más muchachas,
ni el vino a la hora del
almuerzo,
ni el olor de durazno en la
persiana,
ni las sábanas blancas en
la siesta,
ni el perro que corría por
el monte,
ni el niño que contaba las
estrellas.
Un mundo así. Distante y
sin
la clara mañana del camino
sin el humo subiendo por el
valle,
sin pastor, sin caminos,
sin lucero.
Un mundo sin tu sombra,
Helena,
un mundo,
una piedra redonda dando vueltas,
un sonido en el aire y
nada, nada,
un sonido nomás, débil,
cayendo.
Saúl Pérez Gadea
Hospital Vilardebó
Si Dios llegara a visitar
la casa
en un atardecer, si Dios
viniera,
si yo pusiera en sus
manos totales la total
llave que nos abre el mundo
turbio,
el mundo hundido de esta
casa hundida
como un gran hoyo o como un
monstruo ciego.
Adelante, Jesús. Veamos
todo; no marchites el rostro,
el ojo blanco, la silbante
sangre, tu madera.
Aquí está Pedro que se ató
las manos
con alambres de púa y de
serpiente,
que inunda pabellones de
fantasmas
y profiere alaridos, tu
sufriente.
Adelante, Jesús. Aquí a la
vieja que se lava las manos
el pellejo le cuelga de los
dedos sarmentosos,
tiene sangre, suda sangre,
sufre sangre;
vedla sangrar, falanges
cavernícolas,
dedos rasgados de jabón,
martirizados de agua,
tu sufriente.
Adelante, Jesús. Aquí el
poeta que se estrangula solo,
que ruge, escupe, orina y
cabecea,
y al fin como una bolsa que
se pudre,
sus huesos sobre el suelo
esparce al viento.
Todo está bien. Job en su
piedra,
Job en su yugo. Job en su
cadena.
La locura es el beso de los
ángeles
que tienen de medusa las
cabezas.
Saúl Pérez Gadea
Saúl Pérez Gadea
LOS FRUTOS TARDÍOS DEL RIESGO (fragmentos) por DIEGO TECHEIRA
Pocos casos como el de
Saúl Pérez Gadea ejemplifican de manera tan evidente lo que sostuviera Carlos
Real de Azúa en el marco de una definición del carácter —o la falta de él—
literario uruguayo: “En nuestra
literatura, como en nuestra historia política, parece haber sido inevitable la
inclinación por los arreglos y la dilución de todo concentrado medianamente
agresivo”. No puede entonces sorprendernos que a más de cuatro décadas
de su muerte la obra de este poeta originario de Santa Clara de Olimar
(departamento de Treinta y Tres) continúe en los archivos blindados de la
indiferencia.
(…)
Desde un ejemplar de Homo-Ciudad que su autor no canjeó por algunos de sus favoritos (Neruda, Vallejo, Poe o Graham Greene, Sartre, Faulkner o Dostoievski) resucitaban los deseos de vientos propicios sobre la firma de Jesualdo Sosa, quien atribuyera a aquel adolescente, nacido el 17 de junio de 1932, una “rara y densa” personalidad, desplegada en una obra que, con seis años de anticipación (1950), hubiese merecido el mismo comentario que William Carlos Williams habría de hacer respecto al poema Howl, de Allen Ginsberg (1956): “este poeta ve con toda lucidez los horrores, de los que participa en los más íntimos detalles de su poema. No elude nada, sino que lo experimenta hasta las heces”.
Desde un ejemplar de Homo-Ciudad que su autor no canjeó por algunos de sus favoritos (Neruda, Vallejo, Poe o Graham Greene, Sartre, Faulkner o Dostoievski) resucitaban los deseos de vientos propicios sobre la firma de Jesualdo Sosa, quien atribuyera a aquel adolescente, nacido el 17 de junio de 1932, una “rara y densa” personalidad, desplegada en una obra que, con seis años de anticipación (1950), hubiese merecido el mismo comentario que William Carlos Williams habría de hacer respecto al poema Howl, de Allen Ginsberg (1956): “este poeta ve con toda lucidez los horrores, de los que participa en los más íntimos detalles de su poema. No elude nada, sino que lo experimenta hasta las heces”.
La analogía entre estas dos obras
resulta de sus respectivas gestaciones,
de un gesto creativo común de sus autores. Sabemos que Pérez Gadea
escribió Homo-Ciudad en
el correr de una noche. Esta génesis “febril” (que sería característica de la
famosa generación beat norteamericana, marcada rítmicamente por el be-bop) fue una constante de su obra.
(…)
El expresivo rechazo, la enérgica rebeldía que se manifiesta en Homo-Ciudad, se asienta en su obra posterior (pero primeramente en su personalidad) como depresiva conciencia que se debate entre el alegato insurrecto del renegado (la imagen representativa podría ser la del ángel caído) y la sórdida visión de sí mismo como una sombra transitoria en medio de una comunidad de sombras.
(…)
La sensibilidad atormentada de Pérez Gadea desemboca en una obra de excepción dentro de un contexto cultural caracterizado por el desarrollo de un discurso cortical y por la práctica literaria como ejercicio de lucidez intelectual. Una obra que revela su aguzada visión del mundo mediante una exposición de carácter fantástico y se interna sin resquemores en los territorios prohibidos del “sí mismo”, territorios que el poeta transitará en su evolución desde el sentimiento romántico y en ocasiones pueril de sus inicios hasta alcanzar un carácter “visionario”, en el sentido que este término acuña, por ejemplo, referido a la obra de William Blake.
El expresivo rechazo, la enérgica rebeldía que se manifiesta en Homo-Ciudad, se asienta en su obra posterior (pero primeramente en su personalidad) como depresiva conciencia que se debate entre el alegato insurrecto del renegado (la imagen representativa podría ser la del ángel caído) y la sórdida visión de sí mismo como una sombra transitoria en medio de una comunidad de sombras.
(…)
La sensibilidad atormentada de Pérez Gadea desemboca en una obra de excepción dentro de un contexto cultural caracterizado por el desarrollo de un discurso cortical y por la práctica literaria como ejercicio de lucidez intelectual. Una obra que revela su aguzada visión del mundo mediante una exposición de carácter fantástico y se interna sin resquemores en los territorios prohibidos del “sí mismo”, territorios que el poeta transitará en su evolución desde el sentimiento romántico y en ocasiones pueril de sus inicios hasta alcanzar un carácter “visionario”, en el sentido que este término acuña, por ejemplo, referido a la obra de William Blake.
(…)
En este sentido el trabajo de Pérez
Gadea se define como absolutamente personal. El discurso apunta,
progresivamente, a su mayor autenticidad, el lenguaje va ganando terreno, el
ritmo va desplazando al concepto, y la intuición, cada vez más que la idea,
hace de su poesía un compromiso con lo humano, no sólo en su aspecto histórico
sino en el más íntimo de su sensibilidad: el hombre es, en la poesía de Pérez
Gadea, un ser de carne y espíritu que padece sus relaciones sociales todas, sí,
pero también, y fundamentalmente, su condición de individuo que debe cargar solo
con el peso de sus sueños y sus pasiones, sus obsesiones y pesadillas. Ese
hombre que no se construye de idealismos ni de preconceptos, y que precisa
despojar de esos mismos vicios a la palabra para volver a creer en ella. Para
poder creer al menos en sí mismo.
(…)
Hoy nos deja Saúl Pérez Gadea algo
más que una alternativa de orden estético. Nos deja también el ejemplo de
honestidad de quien desecha, a favor de su obra, prejuicios y pilares gregarios
y se juega, entre el riesgo y la comodidad, a
cualquier precio por el primero.
Extractos de Los frutos tardíos del riesgo, prólogo
de Diego Techeira a “El ojo de la tempestad”
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